Bueno, supongo que os preguntaréis como conocí a los españoles del ICEX. El segundo día de mi llegada a Egipto, ¿o era el tercero? Decidí que era el momento de ponerme las pilas así que Mustafa me bajó al centro de la ciudad hacia las 9:30 y me indicó como llegar al DEAC (Departament d’enseigment de l’arabe contemporain). Una hora más tarde, después de haberme perdido y llegado al museo y después de casi haber perdido la vida intentanto cruzar las calles, llego al sitio indicado. No es un edificio grande y está bastante desgastado, bueno como la mayoría de los edificios aquí. Nada más entrar, me indican con quien tengo que hablar. Mi intención era simplemente mirar, a ver que ofrecían como curso pero la secretaria entiende que quiero inscribirme. No le llevo la contraria, así que me indica que tengo que hacer un test de nivel y después continuar con la inscripción. No iba preparada para tal, ni siquiera había cogido un lápiz, pero bueno, no tenía nada que perder. Tenía 20 min para hacer el test escrito y después haría el oral. No estaba nerviosa y encontré el examen bastante fácil. Después el oral, que también fue bien. “Vous avez un bon niveau, madmoiselle” mientras una sonrisa se dibujaba en mi rostro. Vuelvo a hablar con la secretaria “C’est un cours intensif organisé par modules, vous avez differents choix…” lo que deja para el final es que el curso cuesta 1100 euros. Le digo que de acuerdo, que le pagaré en cuanto tenga el dinero, “pero antes miraré en otros centros para asegurarme que no me estáis tomando el pelo” pienso. Salgo contenta, así que decido llamar a Mustafa para explicarle (cuando una esta ociosa piensa que todo el mundo lo está) como había ido. Saco el móvil, y no sé cómo cae al suelo. Otras veces ha pasado, es un móvil resistente, pero esta vez al caer se partió por la mitad. Intenté volver a encajarlo, pero ya no funcionaba, la pantalla había muerto así como las teclas y el sonido. En resumidas cuentas, me había quedado sin móvil. En ese momento, no preocupé demasiado, pensé que alguien me lo podría arreglar ese mismo día, simplemente había que encajarlo bien. A pesar del contratiempo, decido aprovechar, coger un taxi y presentarme en el Instituto Cervantes para pedir trabajo. Otra odisea, las calles tienen nombre, pero muchas tienen en realidad dos nombres y la calle que buscaba ningún taxista parecía conocerla. Tardé una hora y media en llegar finalmente a mi destino. El problema era como presentarme, como pedir cita con la jefa de estudios. Como no se me ocurría que hacer, le cuento toda la historia al portero que llama a la jefa de estudios que me recibe enseguida. Mercedes es muy simpática, pero me dice que todo está cubierto, pero que les están pidiendo muchas clases particulares, que si quería las podía hacer. Yo le digo que sí, que ningún problema, así que me pide que le envie el curriculum y me da su tarjeta. De paso le pregunto si conoce a alguien que esté buscando una compañera de piso o que esté buscando piso y me remite a los jóvenes becarios del ICEX que justamente trabajan en el edificio de delante del Cervantes. Así que no me lo pienso y me dirijo hacia allí. Tuve suerte, justamente uno de los becarios estaba hablando con secretaria así que me puse a explicarle mi situación, en seguida bajaron dos más. Así conocí a Alvaro, Teresa y Javier. Me dijeron que ellos estaban completos pero si sabían de algo me avisarían “dános tu número, así si hacemos algo te llamamos y tal” Claaaro, encantada, saco el móvil y ese momento recuerdo que estaba muerto, menos mal que me había apuntado mi número en la agenda. Nos decimos adiós, y me dirijo al algún sitio donde me puedan arreglar el móvil. Lo que en mi mente parecía algo sencillo, se convirtió en una odisea: en primer lugar no conseguía que la gente me entendiera, creo que no entendían porque querría arreglar el móvil cuando puedo conseguir uno nuevo muy barato. Pero quería el móvil para conseguir el número de Mustafa que estaba guardado en él, sin ese número no podría comunicarme con él. Al final me dí por vencida, era el momento de comprarse un nuevo móvil que no tendría ni cámara de fotos ni radio ni mp4. Puse la tarjeta egipcia, y oh! Sorpresa! El número de mustafa se había quedado en el móvil. Después de dos horas intentando solucionar lo del móvil, acabé de los nervios. Me imaginaba a mi misma, perdida, sin saber como podría contactar con Mustafa, sin saber dar una dirección para volver a su casa… se me saltaron las lágrimas, no podía más, la ciudad podía conmigo. Finalmente, cuando pude pensar con claridad, me acordé que tenía la tarjeta española donde estaba el número de Mustafa. Cambiamos las tarjetas, y pude llamarle. ¡Uf! ¡Qué descanso! Pensaba mientras Mustafa me preguntaba porque no contestaba a las llamadas. Eras las dos y media de la tarde, no había pasado el día y ya sentía que no podría continuar.
Continuará…
2 comments:
Ves a qué punto somos dependientes de las nuevas tecnologías. Cada vece estoy aterrorizado a la idea de descubrir al levantarme por la mañana que no puso nunca mas conectarme a la red! Mis antecesores non vivían cuesto! seguro!
Mi imagino el desamparo en el cuál estuviste; pero imagino al mismo nivel la alegría que sentiste al descubrir que el numero de tu salvador fui simplemente in tu tarjeta y no en la memoria de tu difunto celular, momentos como cuesto son muy escasos! Son esos contratiempos que hacen que un viajé sea apasionante y ellos que son interesante al contar!
5estrella
Jejjee, la verdad que el hecho de conocer a los españoles fue sólo circunstancial. En fin, ahora tendrás un móvil para llamar por teléfono, que al fin y al cabo es pa' lo que sirve.
Besins
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